Cada familia, tiene en algún momento de su vida, un Tsunami.

El agua clara, nítida, apacible, simplemente deja de serlo.

El mar jala adentro todo lo que puede, disimulado va tomando impulso.

Hasta que la marea, sin esperarlo, sube y la ola nos restriega toda su fuerza.

La vida no se pregunta si podríamos ser capaces de soportarlo.

No se pregunta si queremos tolerarlo.

No se pregunta.

La vida solo es.

Los humanos sufrimos porque esperamos justicia.

Si somos buenos esperamos que nos sucedan cosas positivas.

A los que actúan contra las reglas, esperamos que les llegue una lección.

La ley de Causa y Efecto actúa de maneras más misteriosas. Menos simples.

¿Quieres saber de qué estás hecho?

Ponte de frente al tren de la vida.

Mientras escuchas el sonido sobre las vías, mientras lo ves acercándose a lo lejos, mientras voltees a ambos lados para calcular distancias. Mientras tienes oportunidad. De improvisar. De dudar. De quedarte allí para que te lleve. De saltar para intentarlo más tarde.

¿Pero qué sucede cuando sobre las vías le das la espalda?

Podrás intuir que se aproxima el trenazo. Pero jamás sabrás en qué momento saltar, dudar o quedarte.

Eso es vivir.

Ser humano es mucho más que nacer, crecer y morir.

Vivir es un entrenamiento de tiempo completo, a veces con cuotas de altísimo dolor.

No te juzgo si quieres que las pruebas acaben. Te comprendo que quieras ocupar el lugar de la gente que amas para sufrir en lugar de ellos.

En este juego de los humanos es imposible.

Nadie puede vivir lo que no le corresponde.

Las respuestas no están en el cielo. Ni en el infierno. Las pruebas mismas son el cielo y el infierno. Y nosotros, la caja de Pandora que contiene las respuestas.

Ahora mismo yo me pregunto el motivo de mi existencia. Ahora mismo me pregunto ¿hasta dónde alcanzará mi fuerza?. Ahora mismo me pregunto si habrá alguien que sostenga mi mano, sujete mis emociones, vigile mi locura, soporte tanto quebranto.

Claro que sí.

La vida nos hace creer que somos autosuficientes para ver y que veamos hasta donde somos capaces de llegar. La vida es astuta  nos implanta el chip de la humildad para ver si nuestro ego es capaz de doblarse y pedir ayuda cuando ni nuestras piernas ni nuestras ideas son capaces de tolerar la carga.

Todos. Tú y Yo, estamos rodeados de divinidades.

Nos verán sufrir, porque ese es su papel: Observar y Acompañarnos.

Y cuando el llanto nos colapsa y nuestros pulmones no puedan siquiera llenarse de aire para sobrevivir, soplarán fuerte para darnos respiración de boca a boca si es necesario.

El universo conspira, no lo que pedimos.

El universo conspira para que seamos capaces de hacerle frente al embate de sus lecciones.

Quiere ver nuestra grandeza aún sumergidos en el lodo más espeso.

Porque la vida sabe que la única forma de graduarnos al siguiente nivel, es vernos brincar las barreras más altas.

¿Estás en ese momento?

¿Quieres que el dolor se desenchufe? ¿Qué las personas no estorben? ¿Qué alguien te explique por qué tú?

Nada va a cesar solo porque lo deseas.

Todo va a cesar porque lo aceptas.

La vida te manda mensajes.

Encriptados.

Pero cuando alcanzas a leerlos, lo comprendes todo.

Agradece a los mensajeros que la vida te envía.

Los manda con una sonrisa, con un te quiero, con un abrazo. Con el amor fulgurante por el cuerpo. Lo envuelve en lo que te recuerda que alguna vez fuiste feliz.

Para que no olvides la esencia de tu propia existencia.

Para que dentro de las dudas y de la impotencia, la locura y el dolor no te rebasen.

Eres más que un manojo de dudas sin dirección.

La felicidad no está donde los demás señalan.

La felicidad habita donde habita tu paz.

¿Quieres paz?

Yo también.

Vengo del almacén de mis abecedarios. Puse letras al por mayor para contarte historias que te recuerden que eres el milagro.

No desistas. Solo permítete una pausa. Siente todas tus emociones. Dales permiso de salir.

Eres el veneno y el antídoto.

Jamás estarás en soledad si comprendes que para cada dolor habrá un mensaje.

Extiéndele las manos al mensajero.

Deja que el mensaje te cure las heridas.

Y regresa a tu batalla.

Este cuento se llama la tormenta imperfecta, porque la perfección quedó agotada.

La perfección ya no te sirve.

Eso que tú llamas ideal ya no ayuda a que descubras de que estás hecho.

El día que la tierra se contuvo…

Se contuvo de darte lo que tu alma anhela. No por injusta.

Sino porque quiere que te des cuenta que a pesar de todos los No, a tu vida, a tu alma, a tu esencia y a tu fuerza, aún le quedan tantos Sí.

Ten fe. Nada está perdido.

Menos ahora que sabes que tu camino está lleno de alas que el destino y la vida pusieron a tu disposición para sacarte de cualquier profundo maremoto sorpresivo.

Ahora que no sabes que va a suceder contigo, ¿qué crees? te tengo un mensaje:

Lucharás lo Necesario, Aceptarás y Dejarás Ir.

La vida te ama tanto, que me dictó esta carta para que justo ahora, tú la leyeras.

Con amor,

Soy Plan C

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