“Te estoy pidiendo que me ayudes”

Los niños y los jóvenes, todo el tiempo nos envían señales de sus necesidades. Pero nosotros los adultos a su alrededor no entendemos del todo su lenguaje. Al menos no todo el tiempo. Somos capaces de comprender las demandas superficiales, las ordinarias, las que al parecer son las más importantes para ellos, un juguete, un antojo, una afición, sin embargo, hemos ido perdiendo oído para las que están detrás de ellas. Con mucha frecuencia escucho expresiones como: “es que si no se lo doy, llora”, “es que no le gusta”, “es que no sabes como se ha vuelto dependiente a tal o cual juego”, “es que ya no sé que hacer, cada vez es más intolerante”, “es que si no cedo, es capaz de dejar de comer”, “si no obtiene su propósito, ya sabrás como andará de genio y enojado con todo el que se le atraviese”. Los adultos nos rendimos más fácilmente que en ningún otro momento de la historia humana, ante el universo indomable que ofrece la infancia. Creemos con demasiado optimismo que las “cosas se les pasan” y confiamos demasiado en que el tiempo haga lo necesario para no tener que ser nosotros los que intervengamos. Los niños y los jóvenes no solo ofrecen mal comportamiento ni actitudes desafiantes para decirnos que se sienten abrumados. Esta generación de niños y adolescentes, han recibido el mensaje de que mientras obtengan las mejores notas, aparezcan en el cuadro de honor, sean figuras deportivas destacadas o sean reconocidos por algún talento, sus padres estarán tranquilos y orgullosos. No se puede generalizar. Cada mente es un universo y cada sistema de familia teje también sus propios códigos. No me refiero a las familias que por consenso viven su dinámica de esta manera. Pero si me atrevo a invitar a la reflexión profunda y sobre todo, a la observación a detalle, de lo que hacen nuestros hijos. Muchos de ellos, han aprendido a establecer relaciones de transacción con los adultos de su entorno. Leen a perfección aquellas cosas que les gustan a sus padres y se las ofrecen para que esto les de derecho a privilegios y recompensas. Es muy fácil observar cuando un hijo hace las cosas por su propio gozo, cuando está siendo complaciente o cuando ya está utilizando la manipulación con sus padres. Alerta, la manipulación no es un acto deliberado ni maligno. Cuando un niño manipula, es porque se encuentra en la etapa más crítica de no saber que hacer con lo que siente y con lo que necesita y no obtiene. Un niño puede pedir con sencilla facilidad todo aquello que es tangible (juguetes, objetos, golosinas, prendas personales) y que son comprables mediante una cierta suma de dinero. Sin embargo, se encuentra desprovisto para comunicar las necesidades que sí están directamente relacionadas con su estado de bienestar óptimo. Un niño que pide, un niño que exige, un niño que chantajea, un niño que llora sin descanso o que pelea si no obtiene lo que quiere, un niño que no come, un niño que se enferma, un niño que come en exceso, un niño demasiado obsesionado con cubrir las expectativas de su padres, un niño que invierte demasiada energía en desafiar a sus padres, es en definitiva, un niño o un adolescente que está pidiendo ayuda, y te ofrece el síntoma para que le ayudes a superar aquello que le sucede. Un síntoma está puesto allí por nuestros hijos, con la imperiosa necesidad de que los adultos, seamos capaces de atenderlo, guiarlo, escucharlo y sanarlo. Escribo esto tras conocer la terrible tragedia de Torreón Coahuila, que embarga a un grupo de familias que viven las horas más caóticas de su vida. Mi absoluto amor, a pesar de no conocerles y mi respeto para todas las personas involucradas. Que la luz se haga en sus pensamientos y corazones. A todos quienes estamos perplejos, les comparto: Podemos desgastarnos en hipótesis, en juzgar lo que debió hacerse y no se hizo, podemos retomar con fuerza el tema del bullying y buscar ahora con suma desesperación como poder erradicarlo, podemos convocar a retomar una educación familiar de valores, pactar acuerdos para que las instituciones educativas hagan filtros más amplios, podemos sin duda, creernos tan ajenos a esa tragedia o tan parte de ella como cada quien decidamos. Observa a tu hijo, obsérvate también tu misma, tu mismo. Casi siempre que se nos dificulta poner límites o que le huimos a nuestro rol de adultos al mando, que postergamos la corrección, el diálogo, la llamada de atención o el cambio de dinámica en nuestra familia, es porque nos aterra experimentar la frustración o el dolor que nos acarrea nuestra propia infancia o nuestra propia adolescencia. Seamos menos expectadores, menos opinólogos y mucho más seres humanos capaces de tomar las riendas de la vida nuestra y la de nuestros hijos. Y de hacerlo cuanto antes. Los niños y los jóvenes no son capaces de hacerlo por ellos mismos, no han madurado neurológicamente lo necesario, no han vivido lo suficiente como para tomar grandes decisiones. Nosotros sí. Nosotros llegamos antes a la vida, para ser más altos, más grandes, más sabios, más capaces de redireccionar cambios y para ser capaces de cuidarlos y ayudarlos a sobrevivir de la mejor manera en este mundo. Esta es nuestra oportunidad. Con amor, Cynthia García-Galindo #SoyPlanC www.SoyPlanC.com